Las Crónicas de Mascertero…

Por Guzmán Alonso Moreno.   

Antonio Pastor volvió a cantar (La Cueva del Bolero 9 de julio de 2009)

Esta vez Neruda no invitaba en su casa a cenar la langosta que se había conseguido. Indicaba que había que ir a La Cueva del Bolero, donde presentaba sus poemas y canciones “un muchacho –decía- que hace unos endecasílabos bárbaros. Creo que le llaman “El Triste de Coslada”.

Y hubo movimiento en el Parnaso (Parnaso de Allá, Parnaso de Acá):

Rubén Darío preguntó que si los versos que hacía tenían alguna similitud con su Azul; Juan Ramón Jiménez, levantando por sorpresa el cuello eternamente fijado en su obra pura, también preguntó: “quién es ese”. A Hernández le interesó su raíz y Machado achicó los ojos para escrutar el río de donde nacían los Sonetos de amor y otras ausencias, título del trabajo de ese Triste de Coslada cuyo nombre real es Antonio Pastor. Llamazares buscaba el olor a tierra y a viento de los poemas y Colinas la métrica exacta resonando “como trueno de palomas”.

Alberto Cortez aprestó su corpachón de Buenos Aires bailando con Europa; Horacio Guarany hizo sentir sus botas y su voz de guitarrero errante; y Cafrune husmeaba chacareras y zambas pasadas por el arpegio y el silencio de Yupanqui, o por la oquedad de gruta de la voz de Mercedes Sosa.

Me pareció ver a Hilario Camacho con su eterno aire de sabio joven despistado; a María del Mar Bonet indagando acerca de los caminos del mar que surcaba Antonio Pastor; y supe que Serrat también invitaba con su acento de barrio y cercanía: “eh tú, que hay que ir a ver al Nen de Canillejas”.

Efectivamente allí estábamos todos: los viejos amigos que habíamos conocido a Antonio en su trayectoria de los años setenta y los nuevos, que han ido surgiendo al calor de su labor paciente, dilatada. Expectantes por saber lo que esta vez iba a comunicarnos después de tantos años de no transitar escenarios.

Hizo un buen trabajo a partir de unas canciones construidas con mimo orfebre, aposentadas en un verso hondo, depurado, honesto; y sobre la base de perfeccionar la esencia que siempre le caracterizó: sencillez, comunicación, rigor, sensibilidad. Yo alternativamente miraba la actitud del público: no se oía rumor, ni estrépito de vasos y botellas, ni nadie se levantaba ni tosía. Ni siquiera se oían las fotos que tiraba Pablo Mínguez. Ese público era todo atención; algo que el propio Antonio destacó al final como el mejor premio que podía haber conseguido en esta noche del 9 de julio de 2009. ¿Quién dijo que una buena canción, un verdadero poema, no nos transforman? Es la ausencia de ello lo que nos reduce y nos aja.

Tuvo por momentos problemas con el sonido, lo que provocó que redoblara ciertos esfuerzos para mantener la concentración, y también evidenció alguna timidez con la rapsodia; cosas a las que con toda seguridad atribuirá Antonio más importancia de la que les otorgaremos quienes compartimos con él esta velada. Y no le daremos esa importancia porque era mínima comparada con mensajes como el de la rebelión ante los recuerdos cuando estos se convierten en la piedra de Sísifo; insignificante se hacía cuando asistíamos a la pregunta de “cómo sacar tu mentira de mi pecho”; u olvidada cuando expresaba versos como “te daré dignidad para la huida”.

No era fácil ensamblar la doble modalidad de recitado y canción y hay que celebrar que Antonio lo lograra más allá de la timidez mencionada. Para la relación con el público fueron excelentes sus toques de humor, así como la dosificación del lado trascendente de los poemas y canciones mediante la introducción de dos perlas llenas de ironía dulce y ternura: una la canción cabaretera que hizo sobre una insinuante invitación a cenar; otra, el tema con el que se despidió: “Soy Antonio el Retalitos”.

Para terminar esta crónica he de señalar un detalle familiar: allí estaban Conchita, su compañera de siempre, emanando alegría y emoción contenida –sólo ella ha de saber cúanta después de tanto tiempo-, y sus dos hijas, vestidas para la ocasión: finas, resplandecientes, e irradiando orgullo por su padre…, por su padre y por su padre poeta.

Salud, Antonio, y hasta la próxima, que esperamos sea pronto.

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